Pseudo-relato

La ciudad no luce igual desde que tú no estás en ella. Los viajes en bus me parecen en vano, los bares ríen menos y los escaparates de las pastelerías ya no son para compartir.

Las hojas de los árboles están en suspensión, la estación sigue pausada. Prefería el estrés de ir a la compra que las charlas aburridas que tengo cada noche con el brócoli.

Desde que tú no eres ningún destino, desde que el camino a ninguna parte está falto de ti, no me importa si me bajo en la parada equivocada. No tengo prisa por llegar si no es a ti.

Y caminar, sin una mano enlazada a la mía, sin una cintura que agarrar, ha perdido el ritmo que solíamos llevar. Ahora ya no sé si soy rápida o lenta, porque no tengo un horizonte que alcanzar desde que tú dejaste de serlo. Ya no hay un punto de referencia que me diga qué es cerca, qué es lejos. Simplemente, no estás. Y el tiempo y la distancia han dejado de ser relevantes. Las horas sin ti, da igual cuantas sean, siempre me hacen esperar.  Y los metros que nos separan, da igual cuantos sean, siempre nos alejan.

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Feliz día de las heroínas mundiales

¿Que cómo describiría a mi madre?

Mi madre es una canción de La oreja de Van Gogh, una viñeta de Mafalda, un plato de paella, unas gotas de Eternity y un cálido abrazo de reencuentro.

A parte de eso, de lo que es ella en sí misma, su persona, para mí, mi madre es muchas cosas más. 

Mi madre, para mí, es luchar, es el sentido común, los pies en la tierra y una carcajada en los labios. Es confiar en uno mismo, es tener tan claras las cosas del corazón como las de la razón e intentar sacar lo mejor de uno mismo. Es la salvación de una pesadilla en medio de la noche. Es un lo siento, un perdón, un gracias y uno de los te quiero más caros del mundo. Es una llamada desesperada porqué no sé cómo recuperar una sudadera desteñida o porque he perdido, de golpe, toda la confianza en mí misma. Es un punto de apoyo. Es el lugar de donde salí y que sé que dará cobijo a todos mis aciertos y a todos mis errores. 

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Te besaré la cara.
Te besaré la mirada profunda,
la respiración pausada,
la sonrisa pícara.

Te besaré cada reencuentro,
De la misma forma que te besé las despedidas.

Te besaré las ganas de verme,
Y la pena cuando me vaya.

Te besaré los recuerdos para así cuidarlos. Volveré atrás en el tiempo para decir que te besaré las veces que me quedaron pendientes, las que no me dejaste, las que no pude.

Te besaré en futuro simple y en futuro compuesto. Porque te besé y fue pretérito perfecto. Porque te había besado y ya era pluscuamperfecto.

 

Feliz día del libro

No creo que sea casualidad que en un mismo día (y qué día) vengas a hacerme dos regalos totalmente inmateriales, intangibles. Y que mejor manera que componiendo, a la vez, una metáfora: la de los libros regalados que nunca se dieron. Unos en una pared y otros que cayeron en mis manos.  Hoy tú no me regalas libros, hoy tú me regalas el símbolo de todos los que me has regalado a lo largo de la vida. Hoy tu plasmas páginas en un muro dedicadas a mi y al mismo tiempo haces que el destino ponga en mi camino una recopilación de hojas de periódico. Hoy expresas en forma de arte lo que tan presente he tenido siempre, lo que no te has cansado de inculcarme. Hoy encuentro los frutos de esa dedicación en forma de libro y descubro una fascinación en mi al leer el libro que he comprado para ti. Pero no, el regalo me lo has hecho tú, ¿cómo, si no, habría ido yo a clavar la mirada en un autor que en la vida había oído? Y de pronto, con curiosidad por saber quién es y qué escribe aquel hombre que tanto te fascina me dispongo a leer algunas crónica. Descubro que habla de mujeres, que habla de periodismo, que otras de mis inquietudes. Entonces, todo cuadra.

Qué poético, ¿no?

Como tus dos árboles, cada una de estas metaforas tiene su significado. Lo primero, para mi, son los libros que tu has puesto a mi disposición: los que me has dado, los que me has presentado en una librería, en una biblioteca, los que me has ofrecido desde cualquier librería de casa. Lo segundo, para mi, son todos los libros a los que yo he ido a parar. Yo sola, pero contigo en mi cabeza. A lo largo de mi corta existencia no has parado de inyectarme pequeñas dosis de sabiduría en mi cerebro, creando en mí curiosidad por todo aquello que en tu boca sonaba maravilloso. Y luego, yo sola, he ido encontrándome por el camino pequeñas migas de ese pan que alimentaban mi conocimiento y que tú te habías encargado de dejar. Poco a poco he combinado todos los ingredientes que depositaste en mi para ser una receta de nuevas inquietudes. Tú sembraste el conocimiento, pero te aseguraste de que este fuera precedido de la curiosidad, de que surgiera efecto, de que yo fuera porosa y no impermeable. Tú me hablaste, me contaste y explicaste, pero te aseguraste de que supiera escuchar.

Por eso considero que mucho de lo que soy te lo debo a ti. A mi padre, el que de pequeña cuando me decía que era imposible saberlo todo en la vida, que ni él mismo sabía todo, me creaba la mayor duda existencial que recuerdo haber tenido en mi mente.

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Amor a trozos

¿Cómo te lo digo?

Que mi vida se ha empapado de bonitos recuerdos desde que me sumergí en ti. Y aquí me hallo, en un mar cálido de abrazos a distancia y besos inmortalizados. En un vaivén de veranos e inviernos cortos y fines de semana largos. Entre dos orillas separadas por un mar que cada día conseguimos hacer más estrecho.

*

Poco a poco impregnas lugares, canciones, olores. Poco a poco llenas cada fotograma de “Mi vida” con recuerdos. No, por favor, no hagas que prefiera atenerme a recuerdos almacenados en lugar de crear nuevas existencias.

*

Perdona que me ponga nostálgica antes de tiempo, ya sabes que es mi fuerte. A veces me pregunto cuánto tiempo nos depara el futuro no solo juntos, si no juntos y tan felices. Sabiendo como soy, no hará falta que te diga que guardo como oro en paño los momentos que vivo contigo día a día. Cada uno es especial, cada uno merece ser recordado en todo su esplendor. A pesar de ser como soy, contigo siento que la necesidad de eternizar el momento no es tanta como la de vivirlo sin más. Así es como, sin darme cuenta, cada palabra, cada beso, cada mirada o cada risa, van dejando huella en mi interior.

*

Tengo miedo a echarte de menos, a las despedidas y a todo lo que viene después. Pero en especial le tengo miedo al día en que te eche de menos y no estés ahí, al día en que lo que nos separe sea algo más que un mar, media hora de avión y 30 euros menos en la cuenta corriente. Y odio pensar en que no hay nada que te sustituya a ti y esa forma tuya de hacerme feliz, porque hace que tema aún más el echarte de menos cualquier día, así, sin poder hacer nada para evitarlo. Y me da miedo que me invada a mi la pena y a ti las dudas, que ese mar nos ahogue, que esa media hora se haga eterna y que esos 30 euros no estén en nuestra cuenta corriente. No consigo imaginarme escribiendo estas chorradas sin un destino, condenadas a ser simplemente eso, palabras sin sentido, sin hechos tangibles que las demuestren. Y caer en la cuenta de que, cuando tu no estás, no hay nada que me haga volver es algo que me  quema y se me hace duro de asumir, que no hay manera de pensar un yo sin ti.

Pero, después de todo, consigo ser fuerte y no tenerle miedo a algo, a algo por lo que vale la pena apartar todo lo malo y sacar la cabeza de debajo de las sábanas, mirar debajo de la cama y ver que no hay ningún fantasma. Y es que es imposible quererte con miedo. Eso de querer y ser querido está hecho para gente valiente y sensata, gente que reconoce que las chorradas, aún dichas por teléfono, vale la pena decirlas, mucho más allá de lo que pueda pasar. Porque el miedo nunca gusta compartirlo, en cambio, el amor está hecho para dos, por eso mismo son dos sensaciones incompatibles. Mientras exista un presente en que el uno tenga al otro y el otro tenga al uno no habrá futuro que temer.

*

Puedo proyectarme en un futuro, o volver atrás en el tiempo perdiéndome entre mil recuerdos. Puedo hacer planes a corto y largo plazo, pensar en el mañana pero también ser consciente de mis logros hasta el día de hoy. Puedo pensar en cualquier tiempo verbal que me propongas: fui, estaba, iré, quiero, habré estado. No tengo prisa ni voy con retraso, procuro vivir el momento o, mejor dicho, los momentos, los momentos que valen la pena, aquellos que merecen ser recordados, pensados, recreados una y otra vez con todo lujo de detalle; aquellos que imaginas, lejos de idealizaciones, situaciones simples de la vida cotidiana que ves venir a lo lejos con ganas; y también aquellos tan fugaces que hacemos llamar “hoy”, “ahora” o “presente”, aquellos que tienen el poder de ser efímeros, volátiles como el aire, delicados y frágiles, necesitados de atención. Cualquiera de los momentos que imagino contigo pasa por un presente, todos los que veo más atrás o más adelante sé que cuenta con un presente, el tiempo, de entre todos, más valioso, el único capaz de hacer todo realidad y duradero.

Amor a cachitos

Y nada cambia,

todo sigue igual

como al inicio.

 

Y menos mal,

todo es genial

desde el principio

hasta el final.

*

Y cuando te pienso,

te pienso comiéndote con la mirada,

digo,

con la mente

*

No es que tengamos muchas canciones,

es que todas las hacemos nuestras.

*

Me encanta ser, por un ratito, una de esas parejas que se besan en el metro, de esas que no sabes si envidiar o aborrecer.

*

Y si estuvieras aquí,

no me dormiría

solo para quererte

toda la noche.

*

Pues a mi me ha dado por quererte.

Y resulta que se me da tan bien que ya no lo hago sólo en mis ratos libres. Lo hago las 24 horas, de lunes a domingo.

La ciudad que habito

Barcelona, bonita Barcelona, pensaba escribirte algo así como una oda del siglo XXI, pero he decidido que no, que no es el caso.

No te voy a vanagloriar y ponerte por las nubes porque, lo siento chica, pero no eres perfecta. Siempre estas llena de gente, la contaminación corre arriba y abajo de tus calles, tu mar muestra un color subceptible de cualquier posible chapuzón y estás dejando un poco de lado la vegetación, quizás deberías plantearte lo de ponerte a dieta. Pero me has acogido.
Me has hecho tuya y tu has querido ser un poco mía (indomablemente mía). Ahora que circulo por tus arterias desde el subsuelo con total destreza, que no se me resiste ninguna dirección entre tanta larga distancia (gracias a mi fiel amigo google maps, te tengo dominada.
Ya no eres esa desconocida que pisé el primer día con el mismo miedo que siente “el nuevo de la clase”. Ahora eres la ciudad que habito, la mía.