Nuria Varela: “Hay una estafa en la formación académica que recibimos”

La profesora, escritora y periodista Nuria Varela publica una nueva versión de su obra del 2005, Feminismo para principiantes, en “un libro nuevo, con un nuevo lenguaje”, gracias a las ilustraciones de Antonia Santolaya, que lo hace “más adecuado para las nuevas generaciones”, afirma la autora.

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Cómo empiezas a interesarte por la igualdad de género?

No hay una fecha concreta. Yo soy asturiana, de una cuenca minera, por lo que el tema de la justicia siempre ha estado muy presente desde que soy una cría. Yo notaba que a ese discurso le faltaba algo. Cuando vine a Madrid a estudiar a la universidad recuerdo una conferencia de mujer argelina que me impresionó. Me di cuenta de que me faltaba eso, las mujeres, el discurso solidario y de igualdad.

Has trabajado en el ámbito institucional en cuestiones de igualdad, participando incluso en la creación del Ministerio de Igualdad, ¿cómo crees que son tratados a día de hoy los temas de igualdad desde los partidos políticos y desde el gobierno?

Se abarcan mal. Primero porque las leyes que están en vigor no se cumplen y las últimas declaraciones del presidente lo evidencian. Durante los últimos años han habido duros recortes en igualdad y en lucha contra la violencia de género. Además, no es elemento destacado en el programa de ningún partido.

Pero el mayor error o problema es que no le están dando la importancia que tiene al ámbito de la educación, sobre todo para la prevención. Hay que educar en igualdad. Nuestro mayor fracaso como sociedad es no haber consensuado ciertos valores para introducir en el aula y para educar en igualdad. Lo mismo pasa en la universidad, todavía ni el feminismo ni los estudios de género están reconocidos.

¿Qué te parece la creación de una carrera de género en la UAB?

La iniciativa es muy importante, es un grado. El único precedente de esto en España fue en la Rey Juan Carlos. Pero la solución tiene que ser estructural y eso pasa por que los estudios de género sean reconocidos en la universidad, que los itinerarios formativos los reconozcan. No puede ser que en carreras como políticas, derecho, comunicación o medicina haya un vacío en la formación de genero.

¿Qué medida o política consideras que actualmente es necesaria aplicar en primer lugar?

Lo primero cumplir las leyes, como la integral contra violencia género y a favor de la igualdad de género. Además, debería incluirse una asignatura obligatoria en el currículum de todos los tramos educativos sobre educación afectivo-sexual y de prevención violencia de género.

En tu último libro, Cansadas. Una reacción feminista frente a la nueva misoginia, ¿a qué te refieres con “la nueva misoginia”?

Hablamos de la misoginia tradicional, la directa, la burda, la de Trump, que llega a ser insultante para las mujeres. Y la misoginia mucho más sutil, la que sufrimos hoy, que el discurso tan violento no es tan habitual pero sí la discriminación sutil. Por ejemplo, de la gente que se dice que está a favor de la igualdad pero no se corresponde con las actitudes que toma. Es la misoginia sutil, que es peor porque no se ve y es más difícil enfrentarse.

Feminismo para principiantes se ha vuelto a editar este 2018. ¿Qué cambios ha habido respecto a la anterior?

Es un libro nuevo. Está vinculado al de 2005. Tiene una relación directa, por eso el titulo. Pero este recoge solo la primera parte del primero, que abarca los tres siglos de historia del feminismo y tiene un capítulo de feminismo en España. El de Feminismo para principiantes de 2005 contiene esto, además de una segunda parte de teoría feminista sobre temas como la violencia de género, la economía, el cuerpo de las mujeres, nuevas masculinidades…

Pero este también tiene un nuevo lenguaje, gracias a las ilustraciones, que no solo son un adorno. La ilustración es otra forma de escribir, de contarlo y es una forma más adecuada a la nueva generación, más visual.

La intención en todo lo que he escrito en feminismo que sea algo para todo el mundo. El feminismo es para todo el mundo, es algo bueno. Es importante conocerlo, reflexionar sobre qué sociedad estamos haciendo y cómo cada uno tiene un papel en ella.

¿Qué crees que hay que hacer para entender el feminismo así, como algo bueno, como lo que es?

Hay que conocerlo, dedicarle tiempo. No hay que creer las mentiras del patriarcado, sino que hay que ponerle una mirada propia. En el feminismo se trabaja la filosofía de la sospecha, que consiste en cuestionar cada verdad inamovible que nos ofrecen, no darla por buena, ver qué a qué poder responde. Consiste en el ejercicio de pensar por uno mismo. Por ejemplo, nos siguen diciendo que estudiamos historia universal y en realidad es la historia del hombre. Crear una mirada crítica sobre el machismo es importante. Hay que leer y acercarse.

El feminismo es una historia preciosa, ha mejorado todas las sociedades en las que se ha implementado. Y el libro responde a ese espíritu, por eso es bonito, atractivo, agradable, para que te acerques con gusto y con ganas.

¿Qué crees que deberíamos hacer para que la palabra feminismo no fuera identificada como algo que no es desde el periodismo?

El periodismo tiene el mismo déficit que otras profesiones, que es ciego al género. Por eso, el relato mediático sigue siendo masculino, dónde no hay una mirada sobre la desigualdad, pero lo más preocupante es cómo se trata la violencia de género. Está muy mal hecho, solo se centra en las víctimas, no hay violadores, asesinos ni maltratadores. Es un discurso como mínimo incompleto, no tiene una perspectiva de género.

¿Qué posible solución ves?

Es básico. Seguimos reproduciendo una idea masculina, tanto hombres como mujeres. En comunicación esto una mala praxis, no es profesional. Por ejemplo, de las fuentes especializadas que se ofrecen en los medios, solo un 9% son mujeres. Esto es una mala praxis, ya no solo desde la militancia, es que lo hacemos mal. Hacemos un relato parcial

Si tuvieras que recomendar uno de tus libros a alguien que se inicia en el feminismo, ¿cuál sería?

Sería Feminismo para principiantes. Es una puerta de entrada a la historia del feminismo. A mi me gusta decir una entrada al espíritu del feminismo. Enseña que hemos hecho en estos 3 siglos.

¿Crees que los conocimientos que reúnes en el libro se imparten a través de la educación?

Yo lo veo en los cursos que imparto, hay muchas mujeres jóvenes que se indignan por cómo les han contado la revolución francesa y como fue en realidad. Las mujeres salimos mucho peor de aquel proceso revolucionario. Hay una estafa en la formación académica que recibimos.

¿Te costó acceder a toda la información sobre autoras y mujeres revolucionarias que recoges en el libro?

En 2005 con el primer libro sí. Una de las cosas que más me han alegrado de hacer este libro es ver cómo el feminismo ha trabajado mucho estos años y eso se nota. Cuando escribí en 2005 a penas había libros publicados, no había biografías de mujeres, pero ahora han aparecido muchísimas mujeres que han descubierto a todas las feministas que han trabajado en historia, arte o ciencia.

¿Crees que esto se debe a que el feminismo vuelve a estar de moda?

Al revés, es consecuencias de trabajo de muchos años. Lo que pasa ahora es fruto. El feminismo tiene 3 siglos, se ha trabajado mucho. Ahora en España hay 4 generaciones feministas trabajando juntas. La fortaleza de las reivindicaciones actuales viene de una reacción a la magnitud insoportable de violencia y que todas sufrimos, las jóvenes y las mayores. Hay que tener en cuenta que las jóvenes sufren una violencia sexual y verbal en las redes sociales.

¿Quiénes son los principiantes a los que te refieres en el título?

La idea es a todo el mundo, hombres como mujeres. Dirigido a todo tipo de edades, tanto para adolescentes y como adulto, es un libro para todo el mundo. No es para niños, no es infantil, pero es un libro muy adecuado para adolescentes y para adultos.

Publicada en:

La Vanguardia

El Confidencial

Estrella Digital

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“Oír, ver y callar”

La semana pasada la agencia propietaria de la Fórmula 1 desde 2016 anunciaba su decisión de prescindir de las chicas de la parrilla, las grid girls o, comúnmente conocidas, las azafatas. El revuelo ha sido proporcional a la magnitud del cambio histórico que esto supone, teniendo en cuenta la gran cantidad de mujeres que han pasado por ese puesto de trabajo durante décadas.

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Una vez abierto el debate, las opiniones vienen y van desde extremos totalmente opuestos y mucha gente se revela escandalizada por las condiciones en las que estas chicas cumplían su cometido de “premio” o simple “adorno”. Pero no se trata de lo cortas que fueran sus faldas, de los centímetros de sus tacones o de la falta que les hizo una chaqueta más de una vez. La discusión debería centrarse en su función, la que se asocia al colectivo femenino por antonomasia: la de servir y lucir al mismo tiempo.

Por supuesto, llevar a cabo ambas acciones (englobadas perfectamente en un solo objeto, florero) no requiere de ninguna inteligencia, de un razonamiento o de tu capacidad para expresarte. Precisamente, es mejor que te olvides de por en práctica todo esto, porque es lo que el mundo espera de tí si has nacido con un par de tetas.

De nosotras se espera que acatemos la máxima que mi madre me repitió hasta la saciedad “tú, oír, ver y callar”. El mundo todavía se cree que lo que mejor se nos da hacer es “bonito”. Por eso, mientras ellos ganan torneos, copas y mundiales de categorías en las que campeonas quedan relegadas al desconocimiento total, nosotras estamos ahí para alegrarles su victoria (y la vista), como un premio más.

Somos meras figurantes de su gran momento y estamos ahí quietecitas y sonrientes como si nos fueran a colocar en la estantería junto al resto de conquistas. Ah, espera, que para muchos hombre seguimos siendo eso, un reto más del que poder alardear.

A los que intentan defender esta anacrónica tradición diciendo que todas esas chicas ahora se quedarán sin trabajo, solo les dedico una comparación. El sueldo que ellas se llevaban como azafatas viene a ser el mismo tipo de beneficio económico que todas nosotras obtenemos al entrar de manera gratuita en una discoteca. Es el capitalismo quién financia el patriarcado.

De la misma manera, mientras haya paro habrá gente dispuesta a aceptar trabajos precios, pero eso no quiere decir que debamos defender que se mantengan aquellos puestos que no llegan al salario mínimo interprofesional.

Por supuesto que habrá chicas que hagan de grid girls sin rechistar, igual que aquél o aquella que llega a final de mes sentirá un alivio cada vez que reciba su nómina y seguirá votando al PP. Es lo que tiene la falta de conciencia de clase, o la falta de conciencia simplemente.

Una vez más, el cuerpo de la mujer es usado como reclamo, como un elemento publicitario más. El cuerpo de la mujer vende y todos sabemos que aquello que se compra está caracterizado por su falta de decisión propia, como un esclavo. Y a eso nos han acostumbrado, a poder acceder al cuerpo de la mujer a nuestro antojo, según nuestro interés y gracias al capital.

 

Sex workers rights: a matter of law

Theresa has been trying to make a living as a prostitute for a long time and she finally could work safely in her own flat in Glasgow. But one of her colleagues couldn’t afford a whole rent, so she asked her if they could work together. Theresa accepted and they tried to work as covertly as they could, but they knew that at any moment they were going to get in trouble.

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“The problem came when one of my friend’s clients started to behave violently. I told him that I was going to call someone if he didn’t leave the flat. Then he threatened us calling the police, because we were two girls working together. We knew that it was illegal and that he was going to win. Fortunately I could manage to kick him out and anyone had to call the police”, she relates.

When more than one woman are working together with the purpose of selling sex the law considers that as a brothel and, thus, a crime. Sex workers organisations, such as the English Collective of Prostitutes criticises that because it makes no distinction between small groups of women who work cooperatively and those who are being coerced to work in an establishment which is run by a boss.

That’s one of the main reasons why the Home Affairs Selected Committee (HASC) presented a few months ago a report to change the legislation about sex workers in England and Wales. Those matters are supposed to be legislated separately in Scotland and Northern Ireland. Nevertheless, the present situation of sex workers and the basis of the legislation is the same for the whole state, where between 60.000 and 80.000 sex workers live.

Currently, in the United Kingdom selling and purchasing sexual services is legal between consenting adults, but there are lots of activities surrounding this practice that attempt on the security of sex workers.

The legislation could be changed in two different ways. On the one hand, the HASC considered the possibility of implementing the Swedish system, based on the sex buyers law, which considers that “prostitution is morally wrong and should therefore be illegal” and punishes the clients. Therefore, and after a few evaluations, the HASC concluded that this wouldn’t be the most effective legislation “in reducing demand or in improving the lives of sex workers either in terms of the living conditions for those who continue to work in prostitution or the effectiveness of services to help them find new ways to earn a living”.

On the other hand, the Committee studied two other possibilities: legalising sex work, as it has been done in the Netherlands, and decriminalisation, following the New Zealand’s system. The last model was the preferred by the Government, as it was the one which resulted in more benefits. In the end, any approach appears to offer a complete solution and the inquiry is still awaiting government response since the 15th of July.

But why legalising sex work is not a good option? Anastacia Ryan, one of the founders of Umbrella Lane, a charity organisation created to give support to sex workers in Scotland, explains it. “Legalisation means the introduction of laws and policies specific to sex work to formally regulate it. This has had the effect in some contexts of creating additional tiers of criminalisation and penalisation of sex workers, subjecting them to compulsory health checks, forced testing, mandatory registration, disproportionate taxation and renting of homes, etc”.

She also agrees with the idea of decriminalisation as the best choice: “If sex work is decriminalised then sex workers can prioritise their safety and wellbeing rather than focus their energies on avoiding arrest and prosecution. The police can also begin prioritising protecting sex workers from violence and addressing the crimes committed against them rather than arresting and charging the sex workers themselves”.

Apart from being considered as the oldest profession in the world, prostitution is also one of the most dangerous. Just in the UK, 152 sex workers had been murdered since 1990. However, sometimes it gets a point in life where you don’t have the choice. People who do sex work often also belong to marginal groups, such as LGBTQ, migrant workers, lone parents or people with health issues that mean they struggle to take on more mainstream jobs.

The HASC report assumes that “many people sell sex simply because they are unable to access other means of earning an income, and that many sold sex intermittently, to accumulate savings or cope with one-off or occasional financial needs”.

Luca Stevenson, ex sex worker, member of the Sex Worker Open University in Glasgow and coordinator of International Committee on the Rights of Sex Workers in Europe, thinks that a good solution could be “providing a basic income for everyone”. In that way, “no one would be forced to work on any precarious and risky job to survive”, he says.

Luca also points that “Most sex workers work in fear of criminalisation and public ‘outing’ of their work. This fear deters them from accessing services for health, social care and importantly deters them from reporting violence and exploitation to police or other authorities, while in a decriminalised system sex workers will feel confident and secure in reporting violent incidents to the police without fearing repercussions for themselves”.

In addition to those difficulties, sex workers have to face the reality of working on the street. At that moment, “The Street Offences Act 1959 criminalises loitering or soliciting for purposes of prostitution”. This is why most of people who practices prostitution tend to work on the suburbs and marginal areas, to avoid being seen. This becomes a problem when any kind of violence is committed against them, as it’s harder to reach some help from those places.

“Once I was in an international conference about sex workers rights and we were trying to find a solution to that problem. One of the participants said that she didn’t want their kids to see people offering sex around their neighbourhood because it might be dangerous. She wanted to help those girls but she preferred to hide this problem, without taking into account that maybe if we all tried to share it, it would become smaller”, says Luca.

Here is the thing: sex workers are being seen and treated as passive victims with no real agency, while they are silenced in debates on sex work legislation and policies. Those who are working as sex workers must be meaningfully engaged in these debates, Like Luca. Otherwise, the law would change but stigma won’t disappear without the empowerment of the community.