La evolución del malote guaperas de España en pleno 2019

Análisis de la entrevista a Mario y Oscar Casas en La Resistencia (07/05/19)

Él mismo es capaz de bromear acerca de ello: “es la primera vez que salgo sin camiseta”. Si no sabes a quién podría atribuirse esta frase es que te perdiste ‘SMS’, ‘Los hombres de Paco’ y ‘El Barco’, tres maravillas televisivas para adolescentes que los 2000 nos dejaron para la posteridad. Hablo de el quinqui buenorro, el malote guaperas que le gusta hasta a tu madre, el tío bueno de España. No puede ser otro que Mario Casas.

Las que hemos crecido viéndole en pantalla pertenecemos a la misma generación que conforma a día de hoy la la llamada cuarta ola del feminismo. Nadie se puede hacer una idea de la contradicción interna que eso nos supone. La masculinidad performada por Mario Casas en cualquiera de sus apariciones en pantalla tenía todos los componentes típicamente normativos: heroicidad, rebeldía, musculinidad, rasgos violentos… Por lo que el actor ha pasado a convertirse en el canon de hombre occidental que encaja perfectamente con la heteronorma patriarcal. Tanto es así, que su propio nombre podría considerarse una etiqueta o tipología de masculinidad hegemónica (y utilizarlo como adjetivo: “eres muy Mario Casas”).

Pero el modelo de hombre que el actor representa no solo consiguió aturdirnos a nosotras, el género femenino, sino que también caló hondo en ellos, los jóvenes que vivieron una pubertad alimentada de ejemplos como la mítica escena de “¡Fea!” de ‘A tres metros sobre cielo’. Esa popular imagen resume lo que para muchos es la masculinidad: soltarle a una chica lo primero que se te pase por la cabeza, con todo el descaro posible y encima esperar que ella se derrita por ti al momento. Todavía hoy, hay quien cree que tiene que ser “un poco malote” para gustar a las chicas y eso, en parte, es culpa de Mario.

El actor gallego no solo nos ha dejado como legado personajes como Hugo (Hache), en ‘A tres metros sobre cielo’; o Toni, en ‘Mentiras y gordas’; sino que nos ha dejado también un fiel discípulo, su hermano. Mario Casas (32 años) parece haberse saltado una generación, la de su hermano Christian (27), para apostar directamente por Oscar (20). El cuarto de la estirpe Casas ha heredado el pack completo de su hermano mayor: los mismos buenos genes y el don — no, no un “gracia es especial”, sino el “Donjuanismo” —.
Este análisis — centrado en la entrevista a Mario y Óscar Casas en La Resistencia — pretende mostrar qué representa a día de hoy la masculinidad de Mario, diez años después de su apogeo, en comparación con la que encarna su hermano Óscar (el cual no deja de ser una versión adaptada de su antecesor). Se trata, pues, de averiguar cómo sería el Mario Casas de ahora a través de los comportamientos de su aprendiz. La pregunta es: ¿cómo se ha adaptado la masculinidad hegemónica de principios de siglo al 2019 actual?

Antes de todo, nos detendremos en la vestimenta de ambos, la cual nos permite constatar una cierta evolución en el elemento más superficial: la fachada. Mientras que Mario sigue en su misma línea de cazadora y pantalones negros (arremangados al más puro estilo cani), el hermano pequeño luce unos pantalones blancos impolutos con una camisa en tonos azules a cuadros. La rebeldía y dureza de uno, en contraposición a la bondad y recato del otro. El último aspecto que los diferencia son los complementos: si Óscar se aleja de lo típicamente viril luciendo todo tipo de anillos y pulseras, Mario no lleva nada más que un reloj.

En cuanto al peinado peinado, Mario continúa apostando por el pelo muy corto, pero su hermano, con el pelo más largo y el flequillo a un lado, entra dentro del estilo llamado surfer o skater. Con esta estética, Óscar consigue desmarcarse de la masculinidad hegemónica, asociándose a una imagen fresca y saludable, relacionada con el deporte.
A pesar de ello, la forma física de Óscar dista bastante de la que Mario tenía con su misma edad. Papeles como el de Hache convirtieron al actor, con solo 23 años, en todo un sex symbol. En cambio, Óscar no aparenta esa misma preocupación por el culto al cuerpo a simple vista, ni tampoco parece interesado en mostrarlo o marcarlo, a juzgar por su ropa.

Más allá de la apariencia física, con la simple manera de hablar de cada uno es fácil observar diferencias. Mario Casas demuestra claramente que los papeles que le han sido asignados a lo largo de su carrera no han sido producto del azar, ya que su forma de expresarse encaja perfectamente con ese tipo de personajes rebeldes, duros y, por así decirlo, chulitos. Es difícil establecer unos parámetros que determinen porqué su pronuncia encaja con estos estereotipos, pero diría que su forma de alargar ciertas consonantes, no vocalizar del todo o utilizar expresiones tipo “te pongo fino”, además de su voz, son aspectos que lo propician. A diferencia de él, Óscar se muestra mucho más ingenuo, su voz es más aguda — aunque en algunos momentos intenta impostarla para que suene más grave — y su pronunciación es más clara, tanto que puede llegar a parecer pijo o, lo que se dice, amanerado.

Es importante tener en cuenta el contexto de la entrevista y la masculinidad del entrevistador, David Broncano, que a simple vista puede parecer disidente pero que, por sus comentarios, acaba resultando de lo más normativa. El programa se caracteriza por su tono desenfadado, lo que permite que tanto Broncano como el/la entrevistado/a se tomen todo tipo de licencias en aras del humor. En este caso, es posible percibir el ambiente de compadreo que hay entre los tres, en el que prevalecen una serie de códigos típicamente masculinos.

La entrevista empieza como una representación de la realidad cotidiana cuando el entrevistador saca el tema del deporte, recurso ampliamente utilizado por el género masculino para entablar conversación y romper el hielo. A colación de esto, se dan comentarios del tipo “tienes que meterla justo cuando hace falta”, por parte de Broncano, que juega con el doble significado y que ayudan a crear esa atmósfera tan típicamente “varonil”.

Durante toda la entrevista, es posible ver cómo Óscar se siente desafiado por la masculinidad de su hermano, considerada la hegemónica. Al ser consciente de su imagen y forma de ser no encajan al 100% con lo que Mario representaba con su misma edad, podemos percibir cómo trata de acercarse al modelo de referencia. Gracias a estos intentos de ser como su hermano mayor, Óscar nos revela cuales son las cualidades que los hombres consideran necesarias para entrar en la normatividad de este género.
Desde un principio, el joven actor insiste en crear una rivalidad deportiva entre ellos dos y busca por todos los medios quedar como ganador de ping-pong. En relación a esto, aparece la figura del padre de ambos, también dentro de la normatividad, ya que jugaba con ellos a este mismo deporte cuando eran pequeños. Esto demuestra que los Casas han tenido un referente en el que fijarse para seguir encajando en esa figura hegemónica de lo que es “ser un hombre”.

Pero el momento en el que Óscar más se esfuerza por hacer ver que su masculinidad es normativa llega cuando el actor cuenta que él también — al igual que David Broncano — perdió su virginidad en Irlanda. A partir de ahí se sucede todo un despliegue acerca de la vida sexual de cada uno, lo cual sería inimaginable si la conversación fuera entre tres mujeres. El presentador llega a bromear acerca de “viajes organizados de chavales” a Irlanda para tener sexo por primera vez y le pregunta a Óscar “¿y eso para el peting qué?”, en referencia a un lugar de Dublín. El pequeño Casas pretende hacer ver que tiene una vida sexual muy activa cuando a las dos preguntas finales (¿Cuántas relaciones sexuales has tenido en el último mes? Y ¿Cuánto dinero tienes en el banco?) responde “Mario gana en una y yo en otra”, dando por hecho que todo el mundo sabe que su hermano tiene más dinero que él. Aún así, para justificarlo, continúa: “He estado en Mallorca. Uno se va de viaje…”. Más tarde, y después de escuchar las cifras de su hermano, dice “por respeto a gente ajena no puedo decirlo, pero te puedo asegurar que es más”.

A todo esto se le añaden ciertas actitudes de Mario, que refuerzan este tipo de respuestas por parte de Óscar. Él juega a tomarle el pelo, a retarle y a quedar por encima de su hermano pequeño. Por ejemplo, cuando van a jugar a las palas, él se esconde la pelota en lugar de lanzársela. Tal y como se ha considerado típicamente, y sobre todo entre hombres, el adulto le enseña al adolescente con mano dura, para que aprenda y espabile. Mario llega a hacerle un comentario acerca de su físico asegurando que, a su edad, “era una digievolución” suya. Y también bromea acerca de su vida sexual, restándole hombría: “Peting es más Óscar”.

El único fragmento en que deja de lado su imagen de hermano mayor y diside de su género es al aplaudir el papel que Óscar interpreta en la nueva serie que estrenan juntos al decir que “hace un personaje increíble”. Lejos de mantener ese momento de aprecio y admiración, ambos contienen sus emociones y el comentario queda zanjado cuando Mario recurre al humor y bromea “es la primera vez que salgo sin camiseta”.

En el caso de Óscar, uno de los pocos momentos en los que abandona el objetivo de parecerse a su hermano se da al revelar que lo primero que hizo al perder la virginidad fue contárselo a su madre. Esa cercanía y sinceridad entre ambos no es un rasgo que normalmente caracterice al hombre desde un punto de vista normativo. Pero todo queda ahí cuando Óscar vuelve a alardear de su alta actividad sexual y Mario le defiende casi orgulloso preguntándole de manera retórica “Pero te lo pasas bien, ¿a que sí?”. Acto seguido, se chocan la mano.

En conclusión, lo que podemos conceptualizar como el Mario Casas de ahora no tiene porque mostrar abiertamente una masculinidad hegemónica y fácilmente identificable, pero sigue teniendo la necesidad de encajar en ésta. Igual que el lobo que se disfraza de oveja, este tipo de masculinidades podría resultar incluso más peligrosa que la del Mario Casas original, ya que tras la imagen de masculinidad disidente se esconde la creencia de que “los malotes” son los que triunfan. Del mismo modo que el contenido más adoctrinador no es la publicidad claramente sexista, como algunos ejemplos de Axe, sino los discursos sutiles, como el que encarna Ryan Gosling en ‘Drive’; la imagen de niño bueno de Óscar Casas puede es igual o más nociva que la de su hermano mayor, el quinqui buenorro.

Mientras ellas compraban, ellos cotizaban

Crítica | Exposición ‘El boom de la publicidad’ (CCCB abril 2019)

Mujeres como compradoras, pero no siempre usuarias. Mujeres como reclamo para hombres y para ellas mismas. Mujeres como cuidadoras, pero no como trabajadoras. Puede que estas sean las tres premisas que mejor resuman el fenómeno del “boom de la publicidad”. 

La máxima expresión del capitalismo irrumpía a finales del siglo XIX, con el sector industrial totalmente asentado en el continente europeo. Como no podría ser de otra manera, la publicidad era un reflejo de la sociedad de esta época. Los paneles, folletos y azulejos reproducían el rol del hombre trabajador, como sujeto público, mientras que la mujer quedaba relegada a las tareas del hogar, a lo privado. 

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A pesar de que, tal y como me dijo un día Anna Mercadè, directora del Observatorio de la Mujer de la Cámara de Comercio de Barcelona, “la mujer ha sido la mejor economista de toda la historia”, este cargo extraoficial nunca le ha sido reconocido. Igual que no se reconocen los trabajos de cuidado como ocupación a tiempo completo. Las madres y amas de casa, a lo largo de la historia, han sido las principales administradoras de la economía familiar: con el sueldo de sus maridos, por cuantioso o limitado que fuera, hacían malabares para alimentar a todos los miembros del hogar y proveerles de todos los bienes necesarios.  

Pero ni el sistema económico, ni mucho menos la publicidad — creada a imagen y semejanza de éste — han sido capaces de tratarlas como tal. El marketing de entonces, y parte del actual, se limitaba a ser un espejo en el que reflejarse. La mujer se veía impuesta tanto a unos cánones de belleza determinados como a unas funciones sociales únicas y excluyentes. Desde el vermut Martini, hasta la galleta María de Artiach, pasando por los comprimidos Lucosta o la loción Jugo de Oro, la protagonista era siempre la misma: una ama de casa, de aparente clase media, delgada, joven, sonriente y a poder ser rubia. 

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Mientras que ellas no tenían mayor ocupación que posar y embellecer cualquiera que fuera el producto y el soporte utilizado para promocionarlo, ellos aparecían desempeñando su profesión, obviamente remunerada (obrero, mayordomo, temporero…). El mensaje inicialmente subliminal ahora queda totalmente claro: las tareas que desempeñan las mujeres no son consideradas trabajo, pero las de ellos sí. 

Mediante el uso de la imagen femenina para la promoción de productos del hogar o de uso cotidiano, se daba por sentado que serían ellas las que los irían a comprar, aunque no fuera para ellas, asignándoles la función de cuidadoras. Pasaba con la ropa interior masculina y hasta con los supositorios. El estereotipo de ama de casa era el reclamo para todas las madres de familia, las encasillaban todavía más en lo que estaban sentenciadas a ser.

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Pero a parte de este, existía otro perfil de mujer ligeramente distinto. Además de ser reclamo para ellas mismas, lo eran para los hombres. En el caso de los productos de uso mayoritariamente masculino o que ellos mismos se compraban — como el tabaco o el alcohol — aparecía una señorita de imagen mucho más sugerente y acicalada, incluso provocativa. Claro ejemplo de ello es el carteles de cigarrillos Jean Paris o el del papel de fumar Jaramago Valadia.

Más que boom de la publicidad, la exposición podría haberse llamado el boom de la propaganda, propaganda del heteropatriacado capitalista, sistema todavía vigente gracias a los cuidados no remunerados, asignados a la mujer. A la vista está que estas afiches no eran más que un instrumento más que la economía utilizaba para perpetuar unas estructuras que tanto convenía a las empresas. Su legado no solo ha quedado reducido a una colección nostálgica. Todavía hoy sigue presente como modelo publicitario hegemónico, un lastre que “compramos” en su momento y que no admite devoluciones.

Las siete diferencias entre la última portada de Solange y su álbum anterior

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Las portadas de ‘When I get home’ (2019) y ‘A seat at the table’ (2016), de Solange Knowles. (Black Planet y Saint Records)

Solange ha conseguido que el Mes de la Historia Negra no se acabara en febrero. Justo un día después de que éste finalizara oficialmente, la pequeña de las Knowles sorprendía a la mayoría de sus seguidores con el lanzamiento de su último trabajo, When I get Home. Sin a penas aviso previo, la hermana de Beyoncé sacaba así su cuarto álbum de estudio, en el que toma el relevo de A Seat At The Table, publicado en 2016.

Esta continuidad entre uno y otro no solo se puede observar en el contenido del álbum, sino también en la estética de su portada. Si en lo musical la novedad del disco se centraba en los aires de jazz, en lo estético la cantante se ha decantado por una imagen más contundente, en la que su cabello pierde protagonismo para cedérselo al color de su piel.

Es posible leer el artículo, publicado en La Vanguardia, aquí.

La actriz Hari Nef, nueva imagen de la lucha trans y modelo revolucionaria

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Hari Nef | Instagram

Con más de 40 millones de espectadores, la serie ‘You’ ha funcionado como la perfecta catapulta de la modelo y actriz Hari Nef con su interpretación de Blythe, una pedante escritora que entabla amistad con la protagonista de este thriller romántico. Después de debutar en ‘Transparent’,- un drama televisivo producido por Amazon Prime – este es el segundo papel que la joven interpreta. También a finales de 2018, Nef daba el salto a la gran pantalla como coprotagonista de la película ‘Nación Salvaje’, en la que comparte reparto con Bella Thorne.

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