“Los criterios sociales de la feminidad están en oposición a los criterios sociales de la existencia política”

Tal como señala Gail Petherson, acuñando el concepto de “derecho a tener derechos” de Hannah Arendt, “el hecho de pertenecer a una comunidad no tiene el mismo significado para las mujeres que para los hombres”, ya que “sus actos y sus opiniones no son juzgados a partir de los mismos criterios. Los hombres, cuando incumplen sus labores sociales que la tradición les ha otorgado, son criticados por sus actos y sus opiniones, mientras que las mujeres reciben una reprimenda a modo de si hubieras estado en casa esto no te hubiera pasado o esto no lo haces bien porque no es este el lugar que debes ocupar. Esto se debe a que “las mujeres forman parte de una comunidad en cuanto a hembras, cuya función, considerada como natural, es ejecutar las tareas que le sean encomendadas por la comunidad”, en palabras de Petherson.

De esta manera, cuando una mujer se sale de su rol doméstico, como ocurre con las políticas, reciben un castigo que las culpa no por haber hecho mal su trabajo, sino por el simple hecho de estar incumpliendo su “función social”. En este sentido, Petherson es muy acertada cuando dice que a las mujeres “se les promete la recompensa del no-juicio a cambio de sus servicios, de su aguante y de su transmisión de los códigos (discriminatorios) de género; códigos que suponen para las mujeres el no-ejercicio o el ejercicio subalterno de los derechos políticos”.

Esto provoca que las mujeres que deciden desvincularse de su tarea social sean vistas como la excepción y criminalizadas por ello. Así consiguen no solo que estos sujetos sientan el rechazo, sino que disuaden a otras posibles candidatas de seguir su mismo camino, porque ¿a quién le gusta sentir todo el peso de la sociedad en forma de crítica sobre una misma?

Por eso, aquellas que intentan salirse de lo que la tradición (“Doctrina según la cuál es preciso conservar las formas políticas y religiosas tradiciones como expresión natural de las necesidades de una sociedad, aún cuando la razón no pueda justificarlas”, según el Nouveau Petit Robert, anota Petherson) tenía preparado para ellas: la reproducción se ven abocadas a la marginalidad y a los reproches. Ya bien sea para salir al mundo exterior y convertirse en “mujeres públicas”, por lo cual ya están recibiendo un castigo implícito en forma de definición de la RAE (PROSTITUTA, nada más y nada menos), o para emanciparse de la estructura social básica que sustenta todo sistema occidental: la familia. Es ahí cuando el patriarcado usa al hombre, marido en este caso, como herramienta de poder para devolver a la mujer a casa, con la pata quebrada. Porque no olvidemos que los culpables no son los individuos: ni la mujer por dejarse dominar ni el hombre por creerse sujeto de todos sus privilegios. El culpable es el sistema, que no dejará de funcionar hasta que uno de sus engranajes se rompa e impida mantenerlo en marcha.

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