Sí, les dones tenen pròstata

En aquest enllaç podreu accedir al primer reportatge que vàrem publicar la meva companya Laura Cugat i jo a Vilaweb sobre la pròstata femenina. Va ser tota una aventura, ja que ens vam haver d’enfrontar a la comunitat científica i desxifrar desenes d’artícles científics (la qual cosa es fa encara més difícil quan aquests són en anglès”).

Espero que us agradi!

 

tumblr_inline_nmvd0wXIiS1rpxkaa_500

Gràcies a MagnaFranse, per les il·lustracions, i a Diana J. Torres, per l’inspiració.

Anuncios

Pseudo-relato

La ciudad no luce igual desde que tú no estás en ella. Los viajes en bus me parecen en vano, los bares ríen menos y los escaparates de las pastelerías ya no son para compartir.

Las hojas de los árboles están en suspensión, la estación sigue pausada. Prefería el estrés de ir a la compra que las charlas aburridas que tengo cada noche con el brócoli.

Desde que tú no eres ningún destino, desde que el camino a ninguna parte está falto de ti, no me importa si me bajo en la parada equivocada. No tengo prisa por llegar si no es a ti.

Y caminar, sin una mano enlazada a la mía, sin una cintura que agarrar, ha perdido el ritmo que solíamos llevar. Ahora ya no sé si soy rápida o lenta, porque no tengo un horizonte que alcanzar desde que tú dejaste de serlo. Ya no hay un punto de referencia que me diga qué es cerca, qué es lejos. Simplemente, no estás. Y el tiempo y la distancia han dejado de ser relevantes. Las horas sin ti, da igual cuantas sean, siempre me hacen esperar.  Y los metros que nos separan, da igual cuantos sean, siempre nos alejan.

“Los criterios sociales de la feminidad están en oposición a los criterios sociales de la existencia política”

Tal como señala Gail Petherson, acuñando el concepto de “derecho a tener derechos” de Hannah Arendt, “el hecho de pertenecer a una comunidad no tiene el mismo significado para las mujeres que para los hombres”, ya que “sus actos y sus opiniones no son juzgados a partir de los mismos criterios. Los hombres, cuando incumplen sus labores sociales que la tradición les ha otorgado, son criticados por sus actos y sus opiniones, mientras que las mujeres reciben una reprimenda a modo de si hubieras estado en casa esto no te hubiera pasado o esto no lo haces bien porque no es este el lugar que debes ocupar. Esto se debe a que “las mujeres forman parte de una comunidad en cuanto a hembras, cuya función, considerada como natural, es ejecutar las tareas que le sean encomendadas por la comunidad”, en palabras de Petherson.

De esta manera, cuando una mujer se sale de su rol doméstico, como ocurre con las políticas, reciben un castigo que las culpa no por haber hecho mal su trabajo, sino por el simple hecho de estar incumpliendo su “función social”. En este sentido, Petherson es muy acertada cuando dice que a las mujeres “se les promete la recompensa del no-juicio a cambio de sus servicios, de su aguante y de su transmisión de los códigos (discriminatorios) de género; códigos que suponen para las mujeres el no-ejercicio o el ejercicio subalterno de los derechos políticos”.

Esto provoca que las mujeres que deciden desvincularse de su tarea social sean vistas como la excepción y criminalizadas por ello. Así consiguen no solo que estos sujetos sientan el rechazo, sino que disuaden a otras posibles candidatas de seguir su mismo camino, porque ¿a quién le gusta sentir todo el peso de la sociedad en forma de crítica sobre una misma?

Por eso, aquellas que intentan salirse de lo que la tradición (“Doctrina según la cuál es preciso conservar las formas políticas y religiosas tradiciones como expresión natural de las necesidades de una sociedad, aún cuando la razón no pueda justificarlas”, según el Nouveau Petit Robert, anota Petherson) tenía preparado para ellas: la reproducción se ven abocadas a la marginalidad y a los reproches. Ya bien sea para salir al mundo exterior y convertirse en “mujeres públicas”, por lo cual ya están recibiendo un castigo implícito en forma de definición de la RAE (PROSTITUTA, nada más y nada menos), o para emanciparse de la estructura social básica que sustenta todo sistema occidental: la familia. Es ahí cuando el patriarcado usa al hombre, marido en este caso, como herramienta de poder para devolver a la mujer a casa, con la pata quebrada. Porque no olvidemos que los culpables no son los individuos: ni la mujer por dejarse dominar ni el hombre por creerse sujeto de todos sus privilegios. El culpable es el sistema, que no dejará de funcionar hasta que uno de sus engranajes se rompa e impida mantenerlo en marcha.

http://www.ccma.cat/video/embed/5599560

“El marido de”

El otro día de camino a la universidad escuchaba yo un tanto indiscretamente (para que mentirnos) la conversación que mantenían un grupo de tres chicos de unos quince años. Hasta que llegó el comentario que desencadenó esta reflexión. Mientras hablaban de cantantes de rap, uno le dijo al otro:

– Oye, ¿tú sabes quién es Jay-Z? –

Ante la respuesta afirmativa del otro, este primero le formuló otra pregunta:

– Pues, ¿sabes que es el marido de Beyoncé? –

“El marido de”. ¿Cuántos hombres permanecerán escondidos tras esa etiqueta? ¿Cuándo dejaremos de invisibilizarlos detrás de sus poderosas mujeres? Lo más triste es que esta es solo una de tantas veces en que la etiqueta “el marido de” se usa de manera aparentemente inocente, pero que, realmente, está cargada de represión.

A pesar de que la lucha por la igualdad de género esté a la orden del día, seguimos sin tener en cuenta que detrás de cada gran mujer, hay un hombre que se sacrifica por ella. ¿Quién cuidaría, si no, de todos los hijos de las presidentas europeas? ¿Quién limpiaría los platos de las familias con madres que dirigen grandes empresas? O, simplemente ¿quién haría la colada en casa de toda la gran masa de mujeres que se dedican en cuerpo y alma a sacarse el doctorado?

Las identidades de todos estos hombres deben ser conocidas porque sus labores tienen el mismo mérito que las profesiones de sus mujeres. Además, si seguimos considerando como “lo normal” el hecho de que sean los hombres los que sacrifiquen su carrera profesional en favor de la de sus parejas, ¿cómo vamos a aprender a valorar la función social que cumple la población masculina?

Las mujeres también deben tomar conciencia de este fenómeno. Ya no vale ceder todo el permiso de paternidad a sus maridos ni esperar que al llegar a casa la cena esté servida, para luego ni siquiera fregar los platos con la excusa barata de haber estado todo el día en la oficina. ¿Qué se creen? ¿Que con un cuarto de jornada para que saquen algo de dinerito para sus caprichos les tendrán contentos? ¿Que “tiempo para ellos” quiere decir una horita del domingo para cortar el césped? ¿Que ya no ven tanto a sus amigos porque todos están muy liados con los críos? No, señoras.

Lamentablemente, lo único real de todo esto es la anécdota inicial. Cualquier parecido con la realidad en el resto del texto es pura coincidencia.

#jesuisgorda

‪#‎styleforall‬. Así, con un hashtag, como si se tuviera que luchar por ello, como si fuera algo que reivindicar, como si el “style” estuviera reservado solo para unos pocos privilegiados. Con un hashtag, como una muestra de compasión, una manera de solidarizarnos con la prójima porque, pobrecita, no hay “style for her”, que es gorda. Luchemos pues, a modo de ‪#‎jesuisgorda‬, para hacer un esfuerzo y que ellas se sientan aceptadas haciendo evidente que todavía no tienen esa suerte. 

Pero, menos mal eh, que ha llegado el señor Mango para darles una tienda enterita para ellas, las gordas. Como si de un mensaje subliminal se tratase: ocupáis mucho y por eso os ponemos todo un local para vuestra ropa. Porque, claro, ellas no son como nosotras, necesitan nuestro apoyo y por eso hacemos ver que existen, que no son gordas, que son curvys, que pueden tener una marca solo para ellas. Porque, claro, normalizar la situación haciéndolas sentir mujeres, sin atributos diferentes, sin michelines que disimular, sin caderas voluptuosas que realzar, ni pechos que esconder, no sería rentable. A ellos les sale más rentable hacer de una característica una diferencia y aprovechar para decir “las gordas también se visten con estilo” o “las gordas también les gustan a los guapos”. Por eso mismo tenemos que ir reivindicando a golpe de hashtag lo que no se da de forma natural. Y por ahí andan muchos orgullosos de no mirar con desprecio a quien no sigue la norma, remarcando así que “lo normal” es seguirla y que quien no lo hace es el diferente, orgulloso, pero diferente.

Pero ahí no acaba todo: a parte de las que se tachan de diferentes, nadie se ha parado a pensar en el pavor que están extendiendo entre las “normales”. Ellas, que por fin encajan, no quieren parecerse a las raras, a esas por las que hay que pelear para incluirlas. Ellas quieren ser las protas porque se lo han ganado con tanto esfuerzo para conseguir ese cuerpecito. Ellas quieren ser los sujetos a los que va dirigida la publicidad “normal”. Porque formar parte del colectivo que entra dentro de los cánones actuales tiene mérito y tu entorno te premiará haciéndote sentir cómoda en esos vaqueros, sin cargo de conciencia al comer una hamburguesa o simplemente guapa mirándote al espejo.