Te besaré la cara.
Te besaré la mirada profunda,
la respiración pausada,
la sonrisa pícara.

Te besaré cada reencuentro,
De la misma forma que te besé las despedidas.

Te besaré las ganas de verme,
Y la pena cuando me vaya.

Te besaré los recuerdos para así cuidarlos. Volveré atrás en el tiempo para decir que te besaré las veces que me quedaron pendientes, las que no me dejaste, las que no pude.

Te besaré en futuro simple y en futuro compuesto. Porque te besé y fue pretérito perfecto. Porque te había besado y ya era pluscuamperfecto.

 

Feliz día del libro

No creo que sea casualidad que en un mismo día (y qué día) vengas a hacerme dos regalos totalmente inmateriales, intangibles. Y que mejor manera que componiendo, a la vez, una metáfora: la de los libros regalados que nunca se dieron. Unos en una pared y otros que cayeron en mis manos.  Hoy tú no me regalas libros, hoy tú me regalas el símbolo de todos los que me has regalado a lo largo de la vida. Hoy tu plasmas páginas en un muro dedicadas a mi y al mismo tiempo haces que el destino ponga en mi camino una recopilación de hojas de periódico. Hoy expresas en forma de arte lo que tan presente he tenido siempre, lo que no te has cansado de inculcarme. Hoy encuentro los frutos de esa dedicación en forma de libro y descubro una fascinación en mi al leer el libro que he comprado para ti. Pero no, el regalo me lo has hecho tú, ¿cómo, si no, habría ido yo a clavar la mirada en un autor que en la vida había oído? Y de pronto, con curiosidad por saber quién es y qué escribe aquel hombre que tanto te fascina me dispongo a leer algunas crónica. Descubro que habla de mujeres, que habla de periodismo, que otras de mis inquietudes. Entonces, todo cuadra.

Qué poético, ¿no?

Como tus dos árboles, cada una de estas metaforas tiene su significado. Lo primero, para mi, son los libros que tu has puesto a mi disposición: los que me has dado, los que me has presentado en una librería, en una biblioteca, los que me has ofrecido desde cualquier librería de casa. Lo segundo, para mi, son todos los libros a los que yo he ido a parar. Yo sola, pero contigo en mi cabeza. A lo largo de mi corta existencia no has parado de inyectarme pequeñas dosis de sabiduría en mi cerebro, creando en mí curiosidad por todo aquello que en tu boca sonaba maravilloso. Y luego, yo sola, he ido encontrándome por el camino pequeñas migas de ese pan que alimentaban mi conocimiento y que tú te habías encargado de dejar. Poco a poco he combinado todos los ingredientes que depositaste en mi para ser una receta de nuevas inquietudes. Tú sembraste el conocimiento, pero te aseguraste de que este fuera precedido de la curiosidad, de que surgiera efecto, de que yo fuera porosa y no impermeable. Tú me hablaste, me contaste y explicaste, pero te aseguraste de que supiera escuchar.

Por eso considero que mucho de lo que soy te lo debo a ti. A mi padre, el que de pequeña cuando me decía que era imposible saberlo todo en la vida, que ni él mismo sabía todo, me creaba la mayor duda existencial que recuerdo haber tenido en mi mente.

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