Víctimas del sistema

Se acerca mirándome fijamente y se sienta a mi lado mientras me dice que soy “una presiosura”. Me incomoda. Me incomoda su presencia durante todo el trayecgo en bus que hago con él. Permanezco arrinconada contra la ventana los 20 minutos evitando si quiera respirar demasiado fuerte con tal de evitar cualquier acción susceptible de ser interpretada como provocación. Me repaso todas las historias absurdas que normalmente suelo pasar por alto en facebook con tal de no darle más vueltas a la cabeza. Y entre vídeos virales y noticias sobre nueva politica se cruzan miedos y preguntas. ¿Me está mirando? Un momento, ¿qué se está sacando del bolsillo? ¿Debería cambiarme de sitio? ¿Y si me bajo en la siguiente parada y cojo otro bus? Y me voy encendiendo. La injusticia arde en mi interior.

Me planto, aún temblando, e intento ser mas fuerte que todos esos temores. No les pienso dar la razón, porque no la tienen. Igual que no tiene sentido que cualquier mujer pueda ser intimidada con la simple mirada de un hombre. El mismo nulo sentido que tendría que una mujer se sentara al lado de un hombre diciéndole “hola presiosura”. ¿Porque ellos no solo tienen el derecho de decirlo, sino de ser tomados en serio? Evidentemente, es una pregunta retórica. La respuesta vuelve a estar, de nuevo, tan falta de cordura que prefiero obviarla. Es ridículo comulgar con un sistema que nos convierte en víctimas a las mujeres y en delincuentes a los hombres.

La ciudad que habito

Barcelona, bonita Barcelona, pensaba escribirte algo así como una oda del siglo XXI, pero he decidido que no, que no es el caso.

No te voy a vanagloriar y ponerte por las nubes porque, lo siento chica, pero no eres perfecta. Siempre estas llena de gente, la contaminación corre arriba y abajo de tus calles, tu mar muestra un color subceptible de cualquier posible chapuzón y estás dejando un poco de lado la vegetación, quizás deberías plantearte lo de ponerte a dieta. Pero me has acogido.
Me has hecho tuya y tu has querido ser un poco mía (indomablemente mía). Ahora que circulo por tus arterias desde el subsuelo con total destreza, que no se me resiste ninguna dirección entre tanta larga distancia (gracias a mi fiel amigo google maps, te tengo dominada.
Ya no eres esa desconocida que pisé el primer día con el mismo miedo que siente “el nuevo de la clase”. Ahora eres la ciudad que habito, la mía.