Casados con el periodismo

La película Primera plana, de Billy Wilder, analiza con ironía los inconvenientes de ser un periodista empedernido

 

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Era frecuente que durante las reuniones con mis amigas, todas nosotras futuras periodistas, una pregunta abordara descaradamente nuestra conversación: si tuvierais que elegir entre vuestra carrera profesional y la familia, ¿con qué os quedaríais? Ni si quiera habíamos llegado a encontrarnos en esa tesitura y ya teníamos ansias por demostrar lo buenas periodistas que queríamos ser: escogeríamos nuestra profesión. Lo cierto es que acostumbramos a pensar que ser un buen periodista consiste en ser solo eso, periodista. Ni padre, ni esposa, ni abuela, ni ser especialmente bueno en otra cosa que no sea procesar información.

Una vez has caído en sus manos, la profesión te atrapa de la misma manera que lo hace el señor Burns, el incansable jefe de Hildy Johnson, en la película Primera Plana. El protagonista trata de abandonar su trabajo para dedicarse en exclusiva a su vida personal como futuro marido de una joven de Philadelphia, ya que es consciente que ambas cosas son incompatibles. El director del medio para el que trabaja el protagonista personifica esta esclavitud autoimpuesta, a la cual el periodismo te somete, cuando intenta que Hildy, su mejor redactor, cubra la ejecución de un preso.

Todo buen periodista sabe que no hay nada más placentero que luchar contra las fuerzas del mal, es decir, los tres poderes que se encuentran por debajo del nuestro, el cuarto. En la película se ilustra como el sheriff actúa según sus convicciones ideológicas y, a su vez, es un títere del gobernador. Ambos dejan ver lo que es tan común entre los altos cargos: toda acción supone un coste en los votos y, aún más, cuando las elecciones se encuentran a la vuelta de la esquina.

Es así como Billy Wilder acusa al gobierno de falta de honestidad, algo que existía hace más de cuarenta años y que, desgraciadamente, seguimos viendo a día de hoy. Pero los periodistas tampoco se libran de la crítica, aunque ésta sea totalmente sarcástica. El director consigue hacer un gag sobre la visión que suele tener la población acerca de esta profesión. Y es que, al tratarse de un trabajo que tiene como objetivo llegar al máximo de personas posibles, cualquiera puede opinar sobre nosotros. Desde un taxista hasta una prostituta: la ciudadanía suele situar a los periodistas en el punto de mira y tildarlos de mentirosos sin pensárselo dos veces.

Resulta incómodo imaginarnos en una situación de este tipo y caer en la cuenta de que, aún habiendo nacido para ello, nuestro destino es otro. Puede que todos los que nos dedicamos al periodismo, como el protagonista, seamos conscientes de los contras que tiene esta profesión. Nadie quiere ser “un entrometido con caspa en los hombros y agujeros en los pantalones”, ni “robar fotos” con el único objetivo de que “unas compradoras se diviertan”. Pero, volviendo a la siempre controvertida pregunta inicial, puede que hayamos pecado de ingenuas. Puede que llegue un momento en el que no tengas la opción de elegir entre tu profesión o tu vida personal. Puede que sea el periodismo el que te elija a ti.

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