Una lucha pacífica contra el pasado

“Caminar sobre las aguas” pone la cultura alemana ante la israelita ofreciéndonos un resultado tan inesperado como alentador 

“¿Es verdad que los israelitas nunca muestran sus sentimientos?”. Es tan grande el desconocimiento que padecemos en algunos casos los europeos acerca del otro lado del continente, que llegamos a reducir países como Israel a un sólo significado: guerra. Esa es la primera idea que nos instaura Caminar sobre las aguas, una idea que se irá transformando a la vez que el protagonista: Eyal, un duro sicario del Mosad que descubre su propia vulnerabilidad ante la muerte.

Con tal de despojarnos de todos nuestros prejuicios, el film nos muestra como dos hermanos alemanes, objetivo de una misión del servicio secreto israelí, acaban inyectando parte de sus ideas liberales en el “liquidador”. Es sobre todo Axel, el hermano gay, a quien Eyal debe hacer de guía, le descubre otra menea de ver la vida, totalmente desconocida hasta entonces para él. A la vez, Pia, la hermana, empieza a crear un interés en él, que no duda en desmentir.

Haciendo un recorrido nada turístico, el director nos muestra las partes más bonitas de Israel y, a la vez, la más horrenda: los atentados diarios que ponen en peligro la vida de innumerables inocentes. Es aquí dónde vemos el gran contraste entre los dos países, representados por el asombro de Axel y la pasividad de Eyal. Las diferentes visiones sobre su pasado en común, en Holocausto, aparecen a lo largo del film como tema secundario, sin caer en víctimas ni culpables. Eso sí, mientras que unos prefieren olvidar y mostrarse ajenos a sus antepasados, los otros todavía piensan en vengar la muerte de los suyos.

A pesar de los rencores que puedan existir entre israelitas y alemanes, una amistad se va tejiendo entre los personajes masculinos. En más de una ocasión Fox da a entender que hay algo más detrás de esa complicidad. Nos muestra el erotismo del cuerpo masculino y las relaciones homosexuales, pero sin llegar al morbo. El resultado es gracioso y entretenido, a la vez que cumple con la función de mostrar como dos culturas opuestas son capaces de dejar a un lado los enfrentamientos y complementarse.

A veces es necesario eso mismo, una visión diferente proveniente del propio mundo israelí. Eytan Fox, como israelita nacido en Nueva York y abiertamente gay, es la figura necesaria para dar un aire pacífico a su propia cultura con pinceladas de una realidad nueva y diferente. Tras los ojos de Europa y Estados Unidos y sin abandonar su nacionalidad, el director demuestra un optimismo posible en los peores males de nuestra sociedad.

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