Inocentes lectores, espectadores y oyentes

Creo que no hace falta que te avise de que estás ante un artículo de opinión, espero que tú lo deduzcas por ti mismo/a y que sepas valorar mi trabajo. Yo, como periodista, me hago responsable de hacerte llegar la información en su debida forma. Si te quiero contar lo que pienso sobre un tema, te lo comunico de manera que veas una opinión, no la exposición de hechos neutros y tangibles. Pero no todos lo hacen así.

El código deontológico es algo así como la Biblia para un periodista, pero está claro que todos pecamos alguna vez. Sin embargo, no es lo mismo una mentira que una mentira piadosa. Igual que Jordi Évole, todos hemos evitado decir la verdad en algún momento persiguiendo un beneficio superior al mal causado. Palace Royal es una mentira hecha lección, aunque puesta en práctica sin el consentimiento de los “conejillos de indias”. Como periodista, no parece contentarse con realizar una tarea rigurosa y fiable, sino que ha decidido ir más allá de sus propias funciones queriendo advertir del mal periodismo que otros llevan a cabo.

Desgraciadamente, el precio que hemos de pagar por estar informados es fiarnos de la realidad que vemos reflejada en páginas de un diario, que oímos en la radio o vemos en la televisión. El inmenso poder de influencia que tienen los medios de comunicación es la herramienta perfecta de manipulación de cualquier poder y eso es lo que nos tiene que hacer dudar de cualquier información.

Nuestra inocencia es el factor de riesgo que nos expone ante esa gran masa de informadores sin escrúpulos que no dudan ni un momento a la hora de bombardearnos con información. Tendría que llegar alguien, entonces, que nos haga despertar del sueño en que a veces nos negamos a despertar, aunque sea mediante una terapia de shock.

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